sábado, 6 de septiembre de 2008

* 32.- JOSÉ JUAN EL FISGÓN

José Juan no era nada fisgón y mucho menos chismoso, vamos que le interesaba poco la vida privada de las personas, al menos cuando no era invitado a compartirla.

Sin embargo, era conocido en el barrio como José Juan el fisgón.

Todo comenzó un día en el que esa propensión natural a mirar cuando detectamos que algo se mueve. Probablemente le habría sucedido más veces, pero el se dio cuenta el día que encontró su mirada fijada sin mayor intención y coincidir con la del dueño del garaje.

Al sentirse descubierto se creo un estúpido tic consistente en que cada vez que pasaba por delante de un garaje que tenía la puerta abierta, su cabeza giraba de manera natural, pero se quedaba fija delatando unas intenciones que no tenía hasta coincidir con la del dueño del garaje.

En ese momento daba un pequeño salto ocular que lo delataba aún más, y entonces absurdamente trataba de prohibirse lo que no deseaba hacer y volvía a mirar sin querer hacerlo.

La situación era absurda de no ser por el mal rato que pasaba y que le hacía pasar a los dueños de los garajes, que sentían como al pasar quería inmiscuirse en los contenidos de los mismos.

Los dueños sentían escudriñadas sus pertenencias y José Juan se sentía culpable de algo que en realidad ni hacía ni pretendía hacer. Ciertamente no se percataba de ninguna de las pertenencias que se encontraban en cada uno de los garajes.

A veces se sorprendía a sí mismo mirando al vacío en dirección a los garajes y se sobresaltaba con un sentimiento absurdo de culpa por algo que ni había hecho ni pretendía hacer. Cuanto más lo pensaba mayor era el tic, y su mala situación laboral, que lo mantenía presa de un haz de nervios, no le ayudaba en absoluto a superar semejante y ridícula situación.

En realidad nunca nadie le había oído realizar ningún comentario chismoso dirigido hacia los dueños de los garajes o hacia sus pertenencias, ni tener ninguna falta de respeto hacia ellos.

Sus amigos, que lo conocían bien, a pesar de sentirse incómodos con la maniobra, sabían que él no era así, y trataban de evitar la situación.

Así fue como José Juan obtuvo el calificativo de fisgón sin fisgar absolutamente nada, chismorreando incluso por debajo de lo habitual y teniendo por norma de vida el evitarlo cuando se descubría haciéndolo en un intento de tratar bien a los demás y sentirse mejor consigo mismo.

Sabía que algún día no muy lejano por desgracia, recuperaría su tranquilidad y superaría este ridículo tic, volviendo a la normalidad. Entonces, quizás, las buenas personas del barrio sabrían ya que todo no era sino producto de un estúpido tic y de la situación nerviosa en la que se encontraba. Para otras, para las que hacían lo que criticaban en él, continuaría haciéndolo y seguirían destripándolo, aún dejando de hacer lo que parecía que hacía, pero que en realidad nunca hacía.